Desde el Cerro de la Silla

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           De mi tierra linda y sultana,

           y que lleva por nombre, ¡sí señor!

           Ciudad de Monterrey…

           Severiano Briseño

Ha sido lamentable el espectáculo montado por la institución política regiomontana a raíz del cambio de alcalde para la ciudad capital de Nuevo León. En un afán por impedir la llegada a la Presidencia Municipal del panista
Felipe de Jesús Cantú se armó un sainete el primero de julio, ante el escaso margen de diferencia por el que superaba al priista Adrián de la Garza, sainete que culminó con la anulación de la primera edición de las elecciones y la repetición de las mismas el pasado domingo 23.

Para nadie es un secreto que el abstencionismo electoral suele beneficiar al candidato del Partido Revolucionario Institucional, ducho en cuestiones de acarreos y esas triquiñuelas.

De ahí que la fecha de los nuevos comicios el día previo de la Nochebuena daba ventaja al pretendiente de reelección, De la Garza. El 23 de diciembre los regios tienen otras ocupaciones diferentes a cumplir con su deber cívico de asistir a las urnas. Cosa que quedó demostrado el domingo pasado.

Más aún, el Instituto Estatal Electoral se las vio negras para acompletar a los funcionarios de casilla. El porcentaje del padrón electoral de Monterrey que acudió a depositar su voto quedó en menos del 22 por ciento. Ambos candidatos se proclamaron vencedores por el margen de menos de un punto porcentual y, evidentemente, el asunto volverá a tribunales y la decisión favorecerá al candidato priista.

Lo más triste de todo este asunto es que los regiomontanos, que conforman una sociedad relativamente madura y cívicamente consciente, están siendo víctimas de una burla persistente del aparato político mexicano.

 La gente del norte de México ha sido pionera en el rechazo de los procedimientos y los vicios que acabaron con hacer colapsar el sistema partidista de nuestro país y el arribo de la Cuarta República.

Lo cual me lleva a una sola conclusión: la necesidad de una transformación total del sistema político mexicano. Comenzando por una nueva Constitución que haga un replanteamiento de lo que los mexicanos quieren y pretenden hacer de su país, de su ética, de sus principios, procedimientos y objetivos.

Especialmente, de lo que quieren hacer con sus instituciones y los protagonistas que han derruido toda la estructura de un país colapsado y desangelado, desesperado y triste.

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